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Sin
paraguas
ni escarapelas
1810
(Por Osvaldo Soriano)
El 22 de mayo por la noche, el
coronel Cornelio Saavedra y el abogado Juan José Castelli atraviesan la Plaza de
la Victoria bajo la lluvia, cubiertos con capotes militares. Van a jugarse el
destino de medio continente después de tres siglos de dominación española. Uno
quiere da independencia, el otro la revolución, pero ninguna de las dos palabras
serán mencionadas esa noche. Luego de seis días de negociación van a exigir la
renuncia del español Cisneros. Hasta entonces Cornelio Saavedra, jefe del
Regimiento de Patricios, ha sido cauto: "Dejen que las brevas maduren
y luego las comeremos", aconsejaba a los más exaltados jacobinos.
Desde el 18, Belgrano y Castelli, que
son primos, exigen la salida del virrey,
pero no hay caso: Cisneros se inclina, cuanto más a presidir una junta en la que
haya representantes de Fernando VII - preso de Napoleón - y algunos americanos
que acepten perpetuar el orden colonial. Los orilleros andan armados y Domingo
French, teniente coronel del estrepitoso Regimiento de la Estrella, esta por
sublevarse. Saavedra, luego de mil cabildeos, se pliega: "Señores, ahora digo
que no sólo es tiempo, sino que no se debe perder ni una hora", dice en la
última reunión en casa de Nicolás Rodríguez Peña. De allí en más loa
acontecimientos se precipitan y el destino se juega bajo una llovizna en la que
no hubo paraguas flamantes ni amables ciudadanos repartiendo escarapelas.
El orden de los hechos es confuso y
contradictorio según a qué memorista se consulte. Todos, por supuesto - salvo el
pudoroso Belgrano -, intentan jugar el mejor papel. Lo cierto es que el todo
Buenos aires asedia el Cabildo donde están los regidores y el obispo. "Un
inmenso pueblo", recuerda Saavedra en sus memorias, y deben haber sido más o
menos cuatro mil almas si se tiene en cuenta que para más tarde, para el golpe
del 5 y 6 de abril de 1811, el mismo Saavedra calcula que sus amigos han reunido
esa cifra en la Plaza y la califica de "crecido pueblo".
La gente anda con el cuchillo al
cinto, cargando trabucos, mientras Domingo French y Antonio Beruti aumentan la
presión con campanadas y clarines que llaman a los vecinos de las orillas. Esa
noche nadie duerme y cuando los dos hombres llegan al Cabildo empapados, los
regidores y el obispo los reciben con aires de desdén. Enseguida hay un
altercado entre Castelli y el cura. "A mí no me han llamado a este lugar para
sostener disputas sino para que oiga y manifieste libremente mi opinión y lo he
hecho en los términos en que se ha oído", dice monseñor, que se opone a la
formación de una junta americana mientras quede un solo español en Buenos Aires.
A Castelli se le sube la sangre a la cabeza y se insolenta: "tómelo como
quiera", se dice que le contesta.
Cuatro días antes había ido con el
coronel Martín Rodríguez a entrevistarse con Cisneros que era sordo como una
tapia. "¡No sea atrevido!", le dice el virrey al verlo gritar y Castelli
responde muy orondo: "¡y usted no se caliente que la cosa ya no tiene
remedio!".
al ver Castelli llega con las armas
de Saavedra, los burócratas del Cabildo comprenden que deben sustituir a
Cisneros, pero dudan de su propio poder. Juan José Paso y el licenciado Manuel
Belgrano esperan afuera recorriendo pasillos, escuchando las campanadas y los
gritos de la gente. Saavedra sale y les pide paciencia. El coronel es alto,
flaco, parco y medido. El rubio Belgrano, como su primo, es amable, pero se
exalta con facilidad. Paso es hombre de callar y tramar pero luego tendrá su
gesto de valentía.
Entrada la noche, cuando Fench y
Beruti han agitado toda la aldea y repartido muchos sablazos entre los
disconformes. Belgrano y Saavedra abren la puerta de la sala capitular para que
entren los gritos de la multitud. No hay nada más que decir: Cisneros se va o lo
cuelgan. ¿Pero quién se lo dice? De nuevo Castelli y el coronel cruzan la Plaza
y van a la fortaleza a persuadir al virrey. Hay un último intento del español
que forma una junta incluyendo a Castelli, que tiene cuarenta y tres años y está
enfermo de cáncer. Los "duros" rechazan la propuesta y juegan a todo o
nada. Cisneros trata de ganarse al vanidoso Saavedra, pero el coronel ya
acaricia la gloria de una fecha inolvidable. Quizá piensa en George Washington
mientras Castelli se imagina en la Convención francesa. Su Robespièrre es un
joven llamado Mariano Moreno, que espera el desenlace en lo de Nicolás Peña.
Entre tanto French, que teme una
provocación impide el paso a la gente sospechosa de simpatías realistas. Sus
oficiales controlas los accesos a la Plaza y a veces quieren mandar más que los
de Saavedra . Por el momento la discordia es sólo antipatía y los caballos se
topan exaltados o provocadores. Al amanecer, Beruti, por orden de French derriba
la puerta de una tienda de la recova y se lleva unos rollos de paño para hacer
cintas que distingan a los leales de los otros. Alguien lo ve de lejos y nace la
leyenda de la escarapela.
Al amanecer, para guardar las formas,
el Cabildo considera la renuncia de Cisneros, pero la nueva junta de gobierno ya
está formada. Escribe el catalán Domingo Matheu: "Saavedra y Azcuénaga son la
reserva reflexiva de la ideas y de las instituciones que se habían formado para
marchar con pulso en las transformaciones de la autognosia (sic) popular;
Belgrano, Castelli y Paso eran monárquicos, pero querían otro gobierno que el
español; Larrea no dejaba de ser comerciante y difería en que no se desprendía
en todo evento de su origen español; demócratas: Alberti, Matheu y Moreno. Los
de labor incesante eran Castelli y Matheu, aquel impulsando y marchando a todas
partes y el último preparando y acopiando a toda costa vituallas y elementos
bélicos para las empresas por tierra y agua. Alberti era el consejo sereno y
abnegado y Moreno el verbo irritante de la escuela, sin contemplaciones a cosas
viejas ni consideración a máscaras de hierro; de ahí arranca la antipatía
originaria en la marcha de la junta entre Saavedra y él". Matheu se da
demasiada importancia. Todos esos hombre han sido carlotistas y, salvo Saavedra,
son amigos o defensores de los ingleses que en el momento aparecen a sus ojos
como aliados contra España.
La mañana del 25, cuando muchos se
han ido a dormir y otros llegan a ver "de qué se trata", Castelli sale al
balcón del Cabildo y con el énfasis de Saint Just anuncia la hora de la
libertad. La historiografía oficial no le reserva un buen lugar en el rincón de
los recuerdos. El discurso de Castelli es el de alguien que arroja los dados de
la Historia. Aquellas jornadas debían ser un golpe de mano, pero la fuerza de
aquellos hombres provoca una voltereta que sacudirá a todo el continente. Dice
Saavedra: "Nosotros solos, sin precedente combinación con los pueblos del
interior mandados por jefes españoles que tenían influjo decidido en ellos,
(...) nosotros solos, digo, tuvimos la gloria de emprender tan abultada obra
(...) En el mismo buenos aires no faltaron (quienes) miraron con tedio nuestra
empresa: unos la creían inverificables por el poder de los españoles; otros la
graduaban de locura y delirio, de cabezas desorganizadas; otros, en fin, y eran
los más piadosos, nos miraban con compasión no dudando de que en breves días
seríamos víctimas del poder y furor español".
La audacia desata un mecanismo
inmanejable. Saavedra e un patriota pero no un revolucionario y no puede
oponerse a la dinámica que se desata en esos días. El secretario Moreno un
asceta silencioso y torvo, dirige sus actos y órdenes a destrozar el antiguo
sistema. Habla latín, inglés y francés con facilidad; ha leído - y hace
publicar, censurado - a Jean Jaques Rousseau, conoce bien la Revolución Francesa
y es posible que desde el comienzo se haya mimetizado en el fantasma de un
Robespièrre que no acabará en la tragedia de Termidor. Otros vinculan su torvo
pensamiento con la enseñanzas de la peor inquisición. Castelli está a su lado,
como French, Beruti y el joven Monteagudo, que maneja el club de los "chisperos".
Todos ellos celebran el culto ateo de "la muerte es un sueño eterno", que
Fouché y la ultraizquierda francesa usaron como bandera desde 1772. Belgrano,
que es muy creyente, no vacila en proponer un borrador como apuntes sobre
economía para el Plan de Operaciones que en agosto redactará
Moreno a pedido de toda la Junta.
Moreno, Castelli y Belgrano son un
bloque sólido con una política propia a la que por conveniencia se pliegan
Matheu, Paso y el cura Alberti; Azcuénaga y Larrea sólo cuentan las ventajas que
puedan sacar y simpatizan con el presidente Saavedra que a su vez los desprecia
por oportunistas. Las discordias empiezan muy pronto, con las primeras
resoluciones. Castelli parte a Córdoba y el Alto Perú como comisario político de
Moreno, que no confiaba en los militares formados en la Reconquista. Es Castelli
quien cumple las "instrucciones" y ejecuta a Liniers primero y al temible
mariscal Vicente Nieto más tarde.
Belgrano, el otro brazo armado de los
jacobinos, va a tomar el Paraguay; no hay en él la ira terrible de su primo,
sino una piedad cristiana y otoñal que lo engrandece en los triunfos y las
derrotas: en el norte captura a un ejército entero y lo deja partir bajo
juramento de no volver a tomar las armas. Manda a sus gauchos desarrapados con
un rigor espartano y no fusila por escarmiento sino por necesidad.
Frente a frente, uno de levita y otro
de uniforme, Moreno de Chuquisaca y Saavedra de Potosí, se odian con toda el
alma. "Impío, malvado, maquiavélico", llama el coronel al secretario de
la Junta; y cuando se refiere a uno de sus amigos, dice: "el alma de
Monteagudo es tan negra como la madre que lo parió" el primer incidente
ocurre cuando los jacobinos descubren que diez jefes municipales están
complotados contra el nuevo poder. En una sesión de urgencia Moreno propone "arcabuceárlos"
sin más vueltas, pero Saavedra responde que no cuente para ello con sus armas. "Me
bastan las de French", replica un Moreno siempre enfermo, con las mejillas
picadas de viruela, que recién tiene treinta y un años. Al presidente lo
escandaliza que ese mestizo use siempre la amenaza del coronel French, a quién
hace espiar por los "canarios", suerte de buchones manejados por el
coronel Martín Rodríguez. Los conjurados salvan la vida con una multa de dos mil
pesos fuertes, propuesta por el presidente: "¿Consiste la felicidad en
adoptar la más grosera e impolítica democracia? ¿Consiste en que los hombres
impunemente hagan que a su capricho e interés les sugieren? ¿Consiste en
atropellar a todo europeo, apoderarse de sus bienes, maltratarlo, acabarlo y
exterminarlo? ¿Consiste en llevar adelante el sistema de terror que principió a
asomar? ¿Consiste en la libertad de religión y decir con toda franqueza me cago
en Dios y hago lo que quiero?", se pregunta Saavedra en carta a Viamonte que
lo amenaza desde el alto Perú.
Desde fines de agosto, Moreno ha
hecho aprobar por unanimidad el secreto Plan de Operaciones que
recomienda el terror como método para destruir al enemigo. Ese texto feroz que
no se conoció hasta que a fines del siglo XIX Eduardo Madero - el constructor
del puerto - lo descubre en los archivos de Sevilla, y se o envió a Mitre. Para
entonces , los premios y castigos de la historia oficial ya estaban otorgados y
Moreno pasaba por haber sido un intelectual y educador romántico, influido por
las mejores ideas de la Revolución Francesa. Pro es la aplicación por Castelli
de ese método sangriento lo que asegura el triunfo de la Revolución.
Hasta la llegada de San Martín la
formación de los ejércitos se hizo a punta de bayoneta, la conspiración de
Álzaga, como la contrarrevolución de Liniers, terminaron en suplicio y los
españoles descubrieron, entonces, que los patriotas estaban dispuestos a todo: "Nuestros
asuntos van bien porque hay firmeza y si por desgracia hubiéramos aflojado
estaríamos bajo tierra. Todo el Cabildo nos hacía más guerra que los tiranos
mandones del Virreinato", escribe Castelli antes de ser llevado a juicio.
A principios de diciembre dos
circunstancias banales precipitan la ruptura entre Moreno y Saavedra que será
nefasta para la Revolución. En la plaza de toros de Retiro el presidente hace
colocar sillas adornadas con cojinillos para él y su esposa. Cuando las ve,
Matheu hace un escándalo y argumenta que ningún vocal merece distinción
especial. Pocos días más tarde, el 6, el Regimiento de Patricios da una fiesta a
la que asisten Saavedra y su mujer. En un momento un oficial levanta una corona
de azúcar y la obsequia a la esposa de Saavedra. Moreno se entera y esa misma
noche escribe el decreto de suspención de honores. Saavedra se humilla y lo
firma, pero el rencor lo carcome para siempre. Poco después, el 18 de diciembre,
mientras los Patricios se agitan y reclaman revancha para la afrenta civil, el
coronel llama a los nueve diputados de las provincias para ampliar la Junta.
Moreno - que intuye su fin - no puede oponerse a esta propuesta "democratizadora".
El único que tiene el valor de votar en contra es el tímido tesorero Juan José
Paso.
Moreno renuncia y en enero de 1811 se
embarca para Londres. "Me voy, pero la cola que dejo será larga", le dice
a sus amigos que claman venganza. También pronuncia un mal augurio: "No sé,
qué cosa funesta se me anuncia en mi viaje". En alta mar se enferma y nada
podrá convencer a Castelli, French y Monteagudo de que lo han asesinado: "Su
último accidente fue precipitado por la admisión de un emético que el capitán de
la embarcación le suministró imprudentemente y sin nuestro conocimiento",
cuenta su hermano Manuel, que agrega a la relación de los hechos el célebre "¡Viva
mi patria aunque yo perezca!".
Saavedra a liquidado a su adversario,
pero la Revolución está en peligro. El español Francisco Javier de Elio amenaza
desde la Banda Oriental y no todos los miembros de la Junta son confiables. El 5
y el 6 de abril el coronel Martín Rodríguez con los alcaldes de los barrios
junta a los gauchos en la Plaza Miserere y los lleva hasta el Cabildo para
manifestar contra los morenistas. Saavedra, que jura no haber impulsado el
golpe, aprovecha para sacarse de encima al mismo tiempo a los jacobinos y
comerciantes. Renuncian Larrea, Azcuénaga, Rodríguez Peña y Vieytes. Los
peligrosos French, Beruti y Posadas son confinados en Patagones. Belgrano y
Castelli pasan a juicio por desobediencia y van presos.
Pero Saavedra sólo dura cuatro meses
al frente del gobierno y nunca más volverá a tener influencia en los asuntos
públicos. Los porteños se ensañan con él y lo persiguen durante cuatro años por
campos y aldeas. Nadie tendrá paz: ni Castelli, que muere durante el juicio, ni
el propio San Martín, que combate en Chile. Belgrano muere en la pobreza y el
olvido, el mismo día de caos en que Buenos Aires cambia tres gobernadores.
Rivadavia traiciona a los orientales y todos persiguen a Artigas hasta que se
aseguran que los intereses porteños prevalecerán.
Pese a todo, la idea de la
independencia queda en pie levantada por San Martín, que se ha llevado como
asistente a Monteagudo.
Los ramalazos de la discordia duran intactos medio siglo y se propongan hasta
hoy en los entresijos de la historia no resuelta.
Publicado en
"Cuentos de los años felices". Ed. Sudamericana. P. 119
Aportado por
Gustavo Ernesto Galli para
La Pagina del
Conocimiento
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PRIMERA JUNTA
Presidente
Cornelio Saavedra

Nació el 15
de septiembre de 1759 en la Villa Imperial de Potosí (hoy, los Andes
bolivianos). Desde 1807 fue Coronel en jefe del cuerpo de Patricios. En
1809 defendió a Liniers de los conjurados de Álzaga. En la reunión de
comandantes del 20 de Mayo negó su apoyo a Cisneros. Dos días más tarde,
en el Cabildo abierto, al votar por la destitución del Virrey, obtuvo la
adhesión de 86 cabildantes, entre quienes figuraban Castelli, Belgrano,
French y otros. Como presidente de la Junta del 25 de Mayo, tuvo que
enfrentar las alternativas de un clima de gran fervor revolucionario, al
que no estaba acostumbrado. Murió el 29 de Marzo de 1829. |