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PREVIO ... La
decisión de eliminar a Sobremonte
del gobierno del Virreinato surge, pues, con mucha anterioridad a la
derrota de las fuerzas británicas. Sobremonte,
con su retirada, se ha ganado el repudio de los criollos y españoles de
Buenos Aires, quienes, llegado el momento, no vacilarían en derrocarlo
designando en su reemplazo al caudillo de la reconquista, Santiago de
Liniers.
Este último llega a Montevideo el 16 de
Julio. Allí se entrevista
con Ruiz Huidobro, ofreciéndole sus servicios para encabezar la expedición
contra Buenos Aires. Se encuentra también en esa ciudad, Juan Martín de
Pueyrredón, destacado criollo que se manifiesta decidido a jugarse en la
empresa.
Después de discutir la situación, los tres hombres
acuerdan que Pueyrredón regrese a Buenos Aires y reclute gente en la
campaña para apoyar el desembarco de las fuerzas que serán enviadas desde
la Banda Oriental.
La acción libertadora se encuentra ya
en marcha. Mientras en Montevideo Ruiz Huidobro y Liniers
organizan, con el entusiasta apoyo de la población, las fuerzas que habrán
de marchar sobre Buenos Aires, Pueyrredón reúne gran cantidad de paisanos
de los partidos de San Isidro, Morón, Pilar y Luján. También de la capital
llegan centenares de hombres, ansiosos por participar en la lucha.
Pueyrredón establece entonces el punto de concentración en la chacra de
Perdriel, propiedad del padre de Manuel Belgrano (estaba emplazada en los
terrenos actualmente ubicados entre el Colegio Militar de la Nación y la
estación Villa Ballester). Allí, el 31 de Julio de 1806, se
encuentran reunidos más de 1.000 hombres con sus caballadas.
Esa noche
Beresford asiste con sus oficiales a una función en el Teatro de la
Comedia. Tiene ya Informes de que la rebelión está gastándose y ha
dispuesto que parte de sus fuerzas permanezcan acuarteladas y sobre las armas. Al concluir la
representación, los ingleses se retiran al Fuerte. Allí Beresford recibe
una sorpresivo noticia, que le comunica uno de sus espías. En la chacra de
Perdriel, a menos de 30 Km. de Buenos Aires, hay una multitud de
hombres armados que, bajo las órdenes de Pueyrredón, están dispuestos a
luchar contra la dominación inglesa.
La reacción de Beresford
es inmediata. Manda llamar al coronel Sir Denis Pack, jefe del regimiento
71, y le ordena que de inmediato 500 soldados de su unidad y 50 del
batallón de Santa Elena se apresten a marchar sobre la chacra de Perdriel.
En las primeras horas del 1º de Agosto, la columna británica, encabezada
por el mismo Beresford, abandona Buenos Aires y parte al encuentro de las
fuerzas de Pueyrredón.
A
las
8 de la mañana, y después de una marcha agotadora, los británicos irrumpen
sorpresivamente en el campamento de Perdriel. La gente de Pueyrredón
intenta resistir, pero no tarda en desbandarse ante el arrollador asalto
de los infantes del 71. Pueyrredón, empero, seguido por
unos diez paisanos, se lanza al galope contra las líneas inglesas. Su
intención es apoderarse de la artillería de Beresford, y logra, con audaz
maniobra, sorprender a los británicos, franqueando su retaguardia. Un
piquete del 71, sin embargo, enfrenta a los atacantes y los rechaza con
una descarga cerrada. El caballo de Pueyrredón rueda muerto, alcanzado de
lleno por un proyectil. En ese dramático instante, surge imprevistamente
un paisano, Lorenzo López, quien, aproximándose al galope, levanta a
Pueyrredón en ancas de su propia cabalgadura, y le salva la
vida.
La desesperada carga de Pueyrredón no altera el
resultado del combate, En menos de veinte minutos Beresford queda dueño
del campo, con la única pérdida de cinco hombres heridos. A pesar de ello,
Pueyrredón y sus paisanos volverán a agruparse y se incorporarán más tarde
a las fuerzas que manda Liniers.
Después
de permanecer en Perdriel un par de horas, Beresford emprende el regreso a
Buenos Aires con la artillería capturada y cinco prisioneros. Entre estos
últimos se encuentra un desertor de su propio ejército, un soldado alemán,
católico, que se pasó a las filas españolas. Para sentar ejemplo,
Beresford lo hace fusilar, pocos días después, frente a todo el regimiento
71 formado en cuadro.
4 de Agosto de 1806. Son las nueve de la
mañana. En el fondeadero del río Las Conchas reina un movimiento
extraordinario. Decenas de embarcaciones se aproximan a la ribera, y de
ellas descienden los soldados de la fuerza expedicionaria de Liniers.
El marino francés, que hace ya más de treinta años sirve a la corona de
España, da así principio a la marcha que culminará con la reconquista de
Buenos Aires.
En menos de una hora las tropas terminan la
operación de desembarco. Bajan también a tierra más de 300 marineros de la
flotilla y, al mando de su jefe, Brigadier Juan Gutiérrez de la Concha,
pasan a engrosar los efectivos de Liniers.
Este resuelve pernoctar en el lugar para iniciar el avance al día
siguiente. Los soldados deben soportar esa noche una violenta lluvia que,
con breves interrupciones, habrá de prolongarse hasta el día 8 de Agosto.
Ese temporal tiene decisiva influencia en el desarrollo de las
operaciones, pues Beresford, que se propone salir de Buenos Aires para
enfrentar a campo abierto a las columnas de Liniers,
se ve obligado a permanecer en la capital. Desprovisto de tropas de
caballería, el General inglés considera imposible marchar a pie con sus
soldados por los caminos que la lluvia ha convertido en ríos de
barro.
Las tropas españolas y criollas acometen, sin
embargo, la dura travesía por el lodazal. Salvo una compañía de Dragones,
y la caballería voluntaria que comanda Pueyrredón, el resto de la fuerza
debe marchar a pie. El avance, finalmente, se interrumpe en San Isidro. En
la mañana del 9 de Agosto las condiciones del tiempo mejoran, y Liniers da
nuevamente la orden de marcha. Al otro día el ejército se encuentra en los
Corrales de Miserere (actual Plaza Once), a pocos kilómetros al oeste de
Buenos Aires.
En la ciudad, Beresford verifica con alarma la
creciente hostilidad de la población. La provisión de víveres se
interrumpe y los negocios y pulperías cierran sus puertas. El jefe inglés comprende
entonces que no podrá mantenerse por mucho tiempo en la plaza, donde sus
tropas corren el peligro de quedar atrapadas y sin posibilidad alguna de
escapatoria. Piensa ya retirarse a través del Riachuelo hasta el puerto de
la Ensenada, para reembarcarse allí en la flota de Popham.
Al caer la
tarde, arriba al fuerte un emisario de Liniers,
el capitán Hilarión de la Quintana, quien presenta a Beresford una
intimación de rendición, Este último la rechaza en caballeresco mensaje y,
temiendo un sorpresivo ataque nocturno, atrinchera sus fuerzas en torno de
la Plaza Mayor. Hombres y cañones son emplazados en el Fuerte, la Recova
y los edificios y calles que
rodean la plaza. El temido asalto, sin embargo, no se produce.
Esa
misma noche, mientras los ingleses montan nerviosa guardia en el centro de
Buenos Aires, las tropas de Liniers se
desplazan en una marcha de flanco sobre el Retiro. En el transcurso del
avance comienza la incorporación masiva y entusiasta de la población de la
capital a la fuerza
reconquistadora. Centenares de hombres y niños se pliegan a las
filas de Liniers,
reclamando armas para participar en la lucha. Los cañones son arrastrados
a pulso, a través del barro, por cuadrillas de muchachos, hecho que
permite a Liniers
alcanzar su objetivo en la
madrugada del 11 de Agosto.
Toda
la ciudad está ya en rebelión. Desde las azoteas y balcones se hace fuego
de fusilaría sobre las tropas inglesas que intentan abandonar la plaza
para salvar al destacamento del Retiro. Allí los hombres de Liniers
consiguen aplastar rápidamente la resistencia de los británicos. De los 15
soldados que defienden el arsenal, ocho son muertos, cinco heridos y dos
caen prisioneros.
Beresford enfrenta ahora una
situación desesperada. Desde todas las direcciones convergen sobre la
plaza grupos de la fuerza enemiga, avanzando a través de los techos y
azoteas. Uno a uno, los puestos avanzados británicos son aniquilados. Es
necesario tomar una decisión antes de que sea demasiado tarde. Esa misma
mañana, Popham baja
a tierra y sostiene una dramática conferencia con Beresford. Los dos jefes
comprenden que la aventura ha terminado, y que es preciso actuar cuando
aún queda tiempo para salvar a la tropa. Resuelven entonces embarcar esa
misma noche, en el muelle de la ciudad, a todos los heridos y a las
mujeres e hijos de los soldados del 71 que, como era común en la época,
acompañaban a la tropa en las campañas de larga duración. Las tropas,
apenas despunte el día, abandonarán la ciudad y se dirigirán a marcha
forzada al puerto de la Ensenada, donde se embarcarán
inmediatamente.
Sin embargo, el ejército de Liniers y
el pueblo de Buenos Aires impedirán que los británicos concreten su
propósito.
12 de agosto de 1806. Por las calles que conducen a la
Plaza Mayor, avanzan en tropel las fuerzas de la reconquista, envueltas en
el humo de las explosiones y el retumbar de los disparos. Liniers,
instalado con sus lugartenientes en el atrio de la iglesia de la Merced,
ha perdido el control de las operaciones: sus soldados, mezclados con el
pueblo que pelea a mano desnuda, no escuchan ya las voces de los
oficiales, y se lanzan en un solo impulso a aniquilar al enemigo. Un
diluvio de fuego se desata sobre las posiciones británicas en la plaza..
Allí, al pie del arco central de la Recova, está Beresford, con su espada
desenvainada, rodeado de los escoceses del 71. Esta es la última
resistencia.
Las descargas incesantes abren sangrientos claros en
las filas británicas. A los pies de Beresford cae, ultimado de un balazo,
su ayudante, el Capitán Kennet. El jefe inglés comprende que ya no es
posible continuar la lucha, pues sus tropas serán aniquiladas hasta el
último hombre. Ordena entonces la retirada hacia el Fuerte. Allí, momentos
más tarde, iza la bandera de parlamento.
Volcándose como un
torrente en la plaza, las tropas y el pueblo llegan hasta los fosos de la
fortaleza, dispuestos a continuar la lucha y exterminar a cuchillo a los
británicos. En esas circunstancias arriba Hilarión de la Quintana, enviado
por Liniers a
negociar la rendición. Esta deberá ser sin condiciones. La muchedumbre,
terriblemente enardecida, es a duras penas contenida. Se exige a gritos
que Beresford arroje la espada. Un capitán británico lanza entonces la
suya, en un intento por calmar a la multitud. Pero eso no conforma a la
gente, y Beresford debe aceptar, aun antes de que sus soldados hayan
depuesto las armas, que una bandera española sea enarbolada sobre la cima
del baluarte.
Liniers
está ahora a pocos metros de la entrada de la fortaleza, aguardando la
salida de su rival vencido. Beresford, acompañado por Quintana y otros
oficiales, marcha hacia Liniers a
través de la multitud que le abre paso. El encuentro es breve. Los dos
jefes se abrazan y cambian muy pocas palabras. Liniers,
después de felicitar a Beresford por su valiente resistencia, le comunica
que sus tropas deberán abandonar el Fuerte y depositar sus armas al pie de
la galería del Cabildo. Las fuerzas españolas rendirán, como corresponde,
los honores de la guerra.
A las 3 de la tarde del 12 de Agosto de
1806, el regimiento 71 desfila por última vez en la Plaza Mayor de Buenos
Aires. Con sus banderas desplegadas los británicos marchan entre dos filas
de soldados españoles que presentan armas, hasta el Cabildo, y allí
arrojan sus fusiles al pie del jefe vencedor.
En
ese momento, el Comodoro Popham se
dirige, a bordo de la fragata “Leda”, hacia el puerto de la Ensenada.
Desde allí, después de inutilizar la batería española, emprende viaje
hacia Montevideo, donde se reúne con el resto de su flota. Popham,
pese a la derrota, no ha perdido sus esperanzas. Sabe que ya navegan,
rumbo al Río de la Plata, nuevas fuerzas británicas.
14 de Agosto
de 1806. En Buenos Aires reina una enorme agitación. Se ha difundido la
noticia de que el Virrey Sobremonte
regresa a la capital, decidido a reasumir el gobierno. Esto, para los
porteños, es inaceptable. Grupos de exaltados recorren las calles,
exigiendo a gritos la destitución de Sobremonte.
Frente al Cabildo, donde se hallan reunidos en asamblea extraordinaria los
principales hombres de la ciudad, se concentra una inmensa muchedumbre,
dando mueras al virrey y aclamando a Liniers,
el héroe de la reconquista.
En el interior del Cabildo la
asamblea se desarrolla desordenadamente, bajo la presión de la gritería
que llega desde la plaza. Sobremonte
debe ser separado del mando, ésa es la opinión multitudinaria. Sin
embargo, los funcionarios españoles de la Audiencia, a los que se une el
obispo Benito Lué y Riega, tratan de impedir que se concrete esa medida.
Para ellos, Sobremonte
no puede ser privado en forma alguna de su cargo, pues eso implicaría un
atropello contra la autoridad del rey. Contra esos argumentos te levanta
la airada respuesta de varios asambleístas. Uno de ellos, el criollo
Joaquín Campana, afirma resueltamente:
-¡Es el pueblo,
para asegurar su defensa, el que tiene autoridad para decidir quién habrá
de gobernarlo!
En
la plaza la agitación degenera en tumulto. Juan Martín de Pueyrredón se
asoma a los balcones del Cabildo e incita a la multitud a exigir la
entrega inmediata del poder a Liniers.
La gente se arremolina y atropella contra los guardias que custodian las
entradas del edificio. Muchos consiguen irrumpir en el recinto donde se
celebra la reunión, y exigen enardecidos que se proceda sin más trámite a
acatar la voluntad popular.

En medio del desorden, los
miembros de la Audiencia abandonan el Cabildo, paro, provocar, con su
ausencia, la disolución de la Asamblea. No logran, empero, su propósito.
Los que permanecen en el edificio ponen término a la discusión y designan
a Liniers
jefe militar de la ciudad. Al tener noticia del nombramiento, la multitud
estalla en una ovación ensordecedora. Así, la jornada del 14 de Agosto
marca. el fin de toda una época. El pueblo de Buenos Aires, al imponer la
designación de Liniers,
su caudillo, ha ejercido por primera vez su soberanía.
Se
inicia el mes de Septiembre de 1806. El Comodoro Popham se
encuentra con sus barcos frente a Montevideo, bloqueando estrechamente el
puerto. La permanencia de la fuerza naval británica en el Río de la Plata
señala claramente que, a corto plazo, habrá de producirse un nuevo ataque.
Buenos Aires, ante la amenaza, se prepara febrilmente para la defensa. El
día 6, Liniers
lanza una proclama en la que convoca a todos los hombres aptos para
empuñar las armas a incorporarse en los batallones que serán organizados
para enfrentar la agresión. Estos cuerpos, por decisión de Liniers,
se identificarán por el lugar de nacimiento de sus componentes. El
caudillo crea así un nuevo ejército que nada tiene que ver con la fuerza
profesional que hasta entonces existía en el Virreinato. El suyo será un
ejército popular, con sus jefes y oficiales elegidos por la propia
tropa.
La razón de esta medida es muy simple: Liniers
sabe que no puede esperar ninguna ayuda de España, pues desde la victoria
de su escuadra en Trafalgar, los británicos dominan en forma absoluta las
comunicaciones oceánicas con la Península. El Virreinato, por lo tanto,
está enteramente. librado a su propia suerte. Para enfrentar la nueva
invasión inglesa no queda, en consecuencia, más que recurrir a la
movilización masiva de los vecinos. Habrá que improvisarlo todo, apelando
a la voluntad de lucha del pueblo.
A partir del 10 de
Septiembre, y en medio de un entusiasmo extraordinario, se inicia la
constitución de
los cuerpos y la elección de los jefes y oficiales. Surgen así los
batallones de Patricios, comandados por Cornelio
Saavedra, un comerciante transformado en Coronel por el voto de
sus soldados. En ese cuerpo, el más poderoso por el número de sus
efectivos, se alistan voluntariamente los criollos naturales de Buenos
Aires. Suman más de 1.300 hombres y la mayor parte de ellos son, tal como
lo señalan las actas del Cabildo, "jornaleros, artesanos y menestrales
pobres". De igual forma se organizan los restantes batallones: Montañeses,
Catalanes, Andaluces, Asturianos, Arribeños, Migueletes, Cazadores,
Gallegos y Húsares. Cada unidad procede a designar sus comandantes,
eligiendo a los hombres que se consideran más capaces para ejercer el
mando.
El ejército que forma Liniers
suma pronto una fuerza de 8.000 soldados. Muchos hombres más desean
incorporarse a las filas, pero no hay suficientes armas para equiparlos.
En los arsenales sólo existen 4.000 fusiles, de los cuales 1.600 son los
capturados a las tropas inglesas de Beresford. Liniers
recurre entonces a la población, y requisa todas las armas de fuego de
propiedad privada. Así se consigue aumentar en parte el armamento. La
falta de pólvora constituye el obstáculo más grave, pues no se puede
esperar envío alguno de España. La otra fuente de abastecimiento, Chile,
tampoco está en condiciones de proporcionar pólvora a Buenos Aires en
forma inmediata, pues los pasos de la cordillera están cerrados por las
nieves invernales. En última instancia, este problema también quedará
resuelto: los meses corren sin que el ataque británico se produzca y, a
principios de Enero de 1807, al llegar el verano, son traídas con toda
urgencia desde Chile varias toneladas de pólvora. Buenos Aires queda,
entonces, en condiciones de enfrentar la invasión.
Diariamente,
desde las seis hasta las ocho de la mañana, los voluntarios se concentran
en las plazas y espacios abiertos de la ciudad, y proceden a adiestrarse
en el uso de las armas y en la ejecución de marchas y maniobras. El
impresionante espectáculo que ofrecen los ejercicios bélicos de esa
inmensa masa de soldados acrecienta la fe de la población en la victoria
final. Buenos Aires, convertida en plaza de guerra, aguarda así el ataque
británico.
12 de Octubre de 1806. En las calles de Montevideo
la gente se aglomera para presenciar la entrada del Virrey Sobremonte.
El gobernador de la plaza, Ruiz Huidobro, ha hecho todo lo posible para
dar un solemne recibimiento al mandatario que, repudiado por el pueblo de
Buenos Aires, ha resuelto pasar a la Banda Oriental. Sobre la ruta que
sigue la carroza del Virrey han sido tendidos arcos de flores, y las
tropas formadas en línea presentan sus armas. Pero la población no tarda
en expresar abiertamente su oposición a Sobremonte.
Días más tarde, cuando el Virrey recorre la ciudad, grupos de muchachos se
abalanzan sobre su carroza y arrojan contra ella piedras y
desperdicios.
La escena vuelve a repetirse poco después cuando el
Virrey realiza un nuevo paseo en compañía de Ruiz Huidobro y su escolta.
Esta vez, el pueblo, desde aceras, ventanas y balcones, vocifera sin
contemplación alguna su condena:
-¡Muera
el traidor Sobremonte!
Jamás,
hasta ese momento, gobernante alguno del Virreinato ha sido objeto de un
atropello semejante. La violenta reacción popular señala así el
resquebrajamiento de una subordinación que, durante siglos, permaneció
inalterada. Sobremonte
percibe claramente este hecho, y comprende que la rebelión que se produce
en Montevideo y Buenos Aires contra su persona representa una gravísima
amenaza contra la perpetuación del orden colonial. Decide entonces
informar sin tardanza a la Corte, para justificar su conducta y comunicar
los acontecimientos que han culminado con su virtual separación del poder.
El 27 de Octubre redacta una larga carta dirigida al primer ministro
Godoy, en la que expone el cambio revolucionario que ha tenido lugar en el
Virreinato a raíz de la designación de Liniers
por el Cabildo Abierto del 14 de Agosto de 1806. Estas son sus
declaraciones:
"El
abogado Joaquín Campana y dos o tres más de la misma facultad, mozuelos
despreciables que le siguieron, fueron los que tomaron la voz en tal
Congreso, y con una furia escandalosa intentaron probar que el pueblo
tiene autoridad para elegir quién le mandase a pretexto de asegurar su
defensa. Los autores de tales hechos cuidaron de preconizar su fidelidad
al Rey para cohonestar su desacato al verdadero representante,
proporcionándose así un gobierno popular. Liniers,
unas veces con apariencia de sumiso y otras con las de independiente,
dispone de la imprenta para publicar con ella los papeles que se le
antoja, y los que quiere cualquiera, pero lo que es más, los oficios que
dirige a Vuestra Excelencia, sin consultar al Virrey, y por congratularse
con el pueblo que es el que manda y a quien se somete... crea los empleos
que se le presentan a su idea, y ve con la mayor indiferencia los excesos
de su gente... junta sus voluntarios urbanos que han substituido a la
Milicia, y por
ellos y los veteranos (aunque parece que éstos se le
resistieron) se hace hacer los honores de Teniente General, y se
torna todo el aire de superioridad y de preeminencia en los actos
públicos."
Simultáneamente, en Buenos Aires, el fiscal de
la Audiencia, Antonio Caspe y Rodríguez, envía un informe en términos
similares al gobierno de España:
"No
se puede confiar con las tropas de aquí, ni con las que se trata de
levantar: vengan españoles, venga Virrey, hombre acreditado y sin
relaciones con el país, vengan oficiales y no se permitan extranjeros con
ningún motivo, y esto aunque se verifique la paz, pues lo que menos temo
son los enemigos de fuera... es un malísimo ejemplo que Liniers
continúe en el mando porque no debe tolerarse que el pueblo imponga su
voluntad.”
Sobremonte
y Caspe y Rodríguez alertan de esta forma a la autoridad metropolitana
acerca de la grave crisis que se ha desencadenado en el Virreinato, y
señalan los peligros que la intervención directa del pueblo en los asuntos
públicos implica para la estabilidad y preservación de las instituciones
coloniales.
A mediados de Octubre se presentan en el río de la
Plata naves británicas, conduciendo a bordo un contingente de 2.000
soldados. Esas tropas, comandadas por el coronel T. J. Backhouse,
constituyen el refuerzo que, cuatro meses atrás, solicitara Beresford a su
superior, el General Baird, después de concretar la conquista de Buenos
Aires. Los soldados han zarpado de Cabo de Buena, Esperanza a fines de
Agosto, sin tener noticias de que, en ese momento, Beresford ya ha sido
derrotado y capturado junto con sus hombres por las fuerzas de Liniers.
El auxilio, por lo tanto, llega demasiado tarde. Pese a ello, Popham, al
entrevistarse con Backhouse y discutir con él la situación, resuelve
realizar un nuevo ataque. Esta vez el objetivo será la ciudad de
Montevideo.
El 28 de Octubre los barcos británicos se
aproximan a la costa, e inician un violento cañoneo contra las
fortificaciones de Montevideo. Mientras los proyectiles caen sobre la
plaza, en las cubiertas de las naves los soldados aguardan con sus armas
listas, esperando la orden de embarcar en los botes para lanzarse al
asalto. La operación, sin embargo, no se realiza. Una pronunciada bajante
en las aguas del río impide a las naves acercarse suficientemente a tierra
para apoyar el ataque. Popham,
ante la dificultad, resuelve poner término al bombardeo y se dirige con
sus barcos río afuera. A la mañana siguiente la flota inglesa echa anclas
frente a la localidad de Maldonado, y 400 soldados son bajados a tierra
como primera fuerza de choque. En Maldonado, un reducido contingente
español intenta oponer resistencia, pero es fácilmente derrotado. La
ciudad queda, así en manos de los británicos, y Popham y
Backhouse deciden aguardar allí la llegada de nuevos refuerzos para llevar
adelante la conquista de Montevideo.
En esta ciudad, la
noticia del desembarco de los ingleses y de la ocupación de Maldonado
provoca tremenda consternación. Se aceleran los preparativos de la
defensa, pues se espera que de un momento a otro aparezcan los británicos
y realicen un doble asalto por agua y tierra. El Gobernador Ruiz Huidobro
lanza una proclama en la que ordena la movilización de hombres, mujeres y
niños para enfrentar el ataque. El documento, cuyo texto es pregonado por
todas las calles y plazas, concluye con una dramática
exhortación:
“Ha llegado el momento de desplegar
la energía de vuestro valor. Decídase el ánimo de los habitantes de
Montevideo a morir con honor antes que rendirse.”
La
resuelta actitud de Ruiz Huidobro no es, sin embargo, respaldada por el
Virrey Sobremonte,
quien se niega a marchar al encuentro de las fuerzas británicas
atrincheradas en Maldonado. El 1º de Noviembre, el Virrey celebra una
junta de guerra con sus principales lugartenientes para trazar un plan
defensivo. Ruiz Huidobro llega tarde a la reunión y, ante la discusión que
tiene lugar, se abstiene de expresar opinión alguna. Sobremonte,
molesto, le requiere finalmente su parecer. El gobernador de Montevideo
responde con dureza:
-Puesto que usted tiene el mando,
Excelencia, resuelva usted lo que le parezca.
Atónito
ante la inesperada afrenta, Sobremonte
sólo atina a manifestar:
-¡Señor gobernador, su
respuesta ofende mi autoridad!
A
esto, Ruiz Huidobro replica encolerizado:
-Dudo que le
reste autoridad alguna, pues usted ha perdido a Buenos Aires, la plaza
cuyo destino el Rey puso en sus manos!
Mientras
en Montevideo el Virrey Sobremonte
ve desaparecer los últimos vestigios de su poder, en Londres se
desarrollan los acontecimientos que darán origen a la segunda invasión. Un
clima de euforia reina en los círculos políticos y comerciales de la
capital inglesa, ante la posibilidad de asegurar la conquista de los
vastos dominios de España en América mediante una serie de audaces
incursiones similares a la realizada por Popham y
Beresford contra Buenos Aires. Dos expediciones se han hecho ya a la mar;
una comandada por el General Samuel Auchmuty, quien tiene por misión
reforzar a Beresford (en ese momento todavía no ha llegado a Inglaterra la
noticia de la reconquista de Buenos Aires), y otra comandada por el
General Robert Craufurd, quien debe llevar a cabo la ocupación de Chile.
Se contempla, simultáneamente, la posibilidad de realizar un ataque contra
México, y se encarga el estudio de dicho proyecto al General Arthur Colley
Wellesley futuro duque de Wellington.
La puesta en
marcha de estas empresas ha sido decidida por el gabinete presidido por
Lord William Wyndham Grenville, quien, a raíz de la muerte del primer
ministro Pitt, asumió la Jefatura de un nuevo gabinete. Grenville, a
diferencia de Pitt, que propugnaba la emancipación de las colonias
españolas, está resuelto a llevar a cabo la conquista en firme de los
principales puertos y territorios de América. De esta forma se propone
contrarrestar la expansión francesa en Europa y, al mismo tiempo, abrir a
las exportaciones británicas los inmensos e inexplotados mercados
americanos. El bloqueo económico que Napoleón amenaza imponer a Inglaterra
quedará, así, frustrado.
Los temores del gobierno inglés
pronto quedan confirmados. Napoleón, en fulminante campaña, invade y
derrota a Prusia y, el 22 de Noviembre de 1806, firma en Berlín un decreto
por el cual ordena el cierre de las costas de Europa al comercio
británico. El documento expresa claramente la voluntad del emperador de
aniquilar económicamente a los ingleses: “Las Islas
Británicas son declaradas en estado de bloqueo. Todo comercio y todo
intercambio con las Islas Británicas queda
prohibido”.
Este
hecho viene a acelerar los planes de invasión a la América del Sur. Para
los británicos la apertura de los mercados de las colonias españolas se ha
convertido ahora en una cuestión vital.
A fines de
Diciembre de 1806 llegan a Londres los primeros rumores de la derrota de
Beresford en Buenos Aires. La inesperada noticia queda confirmada un mes
más tarde, y provoca extrema alarma en los círculos comerciales, pues ya
han zarpado.
Brigadier General de puertos ingleses,
rumbo al Río de la Plata, más de 100 barcos abarrotados con toda clase de
mercancías. Los planes de conquista cobran nuevo vigor, y Grenville decide
lanzar sin tardanza un nuevo ataque contra Buenos
Aires.
Un raudo velero parte inmediatamente hacia el
cabo de Buena Esperanza, portando un mensaje para el General Craufurd, por
el cual se le ordena abandonar la expedición contra Chile y dirigirse con
sus fuerzas al Río de la Plata para unirse allí con las tropas del General
Auchmuty. El 24 de Febrero de 1807, el ministro de guerra designa al
General John
Whitelocke Comandante en jefe de todas las fuerzas que operarán en
la América del Sur. Whitelocke
dispondrá de un ejército de más de 12.000 soldados para cumplir su misión
(2.000 del Coronel Backhouse, 3.800 del General Auchmuty, 4.700 de
Craufurd, y 1.800 hombres más que partirán de Inglaterra). Con esa
poderosa fuerza la victoria debe, inevitablemente, ser alcanzada.
El
9 de Marzo se hace a la vela la fragata "Thisbe", que conduce a bordo al
General Whitelocke
y su estado mayor. Tres días antes, Whitelocke
ha recibido del rey la designación de Gobernador de los territorios que
serán conquistados, con un sueldo adicional de 4.000 libras esterlinas
anuales. Ese nombramiento constituye la prueba de la absoluta certeza que
los ingleses tienen en el triunfo de la expedición. A su juicio, el Río de
la Plata, al que los diarios de Londres califican ya como el “futuro
granero de Sudamérica”, pronto habrá de convertirse en un dominio más de
la corona británica.
FUENTE WWW.HISTORIADELPAIS.COM.AR
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